Un viaje emocional
Mi pasión por el aceite de oliva comenzó a los 6 años, cuando acompañaba a mi padre a entregar las aceitunas recién recolectadas al molino. Era un momento mágico: el amanecer, la emoción de la cosecha y el embriagador aroma de las aceitunas maduras. Cada viaje al molino era una aventura y, cada vez que llegaba, había una señora que trabajaba allí, lista para prepararme una deliciosa rebanada de pan tostado.
Recuerdo con nostalgia el primer bocado de aquella rebanada, generosamente untada con el aceite de oliva recién prensado. Esta combinación de sabores —el pan caliente y crujiente con el aceite de oliva fresco y afrutado— dejó una huella imborrable en mi memoria. Era el sabor de la felicidad, de la sencillez y de la conexión con la tierra.
Hoy, cuando regreso a aquel molino, los aromas familiares del aceite de oliva y del pan tostado me transportan instantáneamente a aquella época pasada. Despiertan en mí al niño que fui, lleno de asombro y curiosidad. Cada visita me recuerda no solo el arduo trabajo de mi padre y de los productores de aceite de oliva, sino también la herencia familiar que continúo hoy.
Nuestro amor por el aceite de oliva no es solo una pasión, es una historia de vida, una tradición. Así rendimos homenaje a nuestra abuela, que llevaba el apodo de Pingarota, «Pequeña gota», un apodo que transmitió a todas las mujeres de nuestra familia y que nos enorgullece transmitir a las futuras generaciones y compartir con quienes aprecian la autenticidad, la riqueza y la calidad de este producto excepcional.